Y así, fue como salir de ese mar mediterráneo, esas piedras blancas y gigantes como los panteones griegos, el mundo de mi infancia y juventud se despidió.
Ya era un pequeño hombre y después de algunas trifulcas y viajes entre una ciudad de olvido, dejé que los vientos de los sueños eternos inflaran las velas de mi destino, y pise a fondo el acelerador en busca de la muerte.
Conocí a las princesas, y les prometí el eterno abismo del amor en donde yo me zambullía sin entender el tiempo.
Y así ciertas risotadas y besos inciertos, en el atardecer de las horas tiernas, fueron apagándose para dejar espacio a raíces.
Raíces que se solidificaron para durar miles de años...
Es increíble como es que se puede llegar disparado al final de aquel túnel, con el impulso del amor... aquel que nos aferra a la ilusión triste de la vida.
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